Hoy se cumplen dos años de las elecciones que permitieron a Zapatero abordar su segunda legislatura. Anoche el Presidente eligió para su primera entrevista en 2010 un escenario aterciopelado (TVE), un decorado minimalista (un despacho blanco de Moncloa) y tres entrevistadores sin espolones (Pepa Bueno, Ana Blanco y Juan Ramón Lucas ). Lógico. Quería causar buena impresión, tal vez acabar con la maldición que asegura que el Gobierno socialista no “comunica” bien. Viene sucediendo así desde su primer día en Moncloa y, por lo que vimos anoche, Zapatero no corrige sus defectos. Lo que me lleva a pensar que es tozudo. La tozudez consiste en mantener las ideas, algo que puede parecer muy loable pero que acaba convirtiéndose en un defecto que nos aproxima al cruce de burro y yegua. Tozudo como una mula, dicen. La mula, ese animal que comparte espacio en la granja con la cabra.
El Presidente parece un individuo tremendamente aburrido. Quizá alguien debería decirle que vaya al grano, que responda de manera breve, y que mire fijamente a la cámara, para así dirigirse a cada telespectador de manera personalizada. O quizá no deberían decirle nada. Si usted mira a una cabra a los ojos, la cabra, que pertenece a otra especie, ni se inmuta. Y si mira a los ojos de la cabra a través de una cámara de televisión, menos. Tras siglos de sometimiento, la cabra no entiende de buenas palabras o miradas de cordero degollado. La cabra sólo entiende de hechos. Le pones comida en el pesebre, la cabra bala. Le cambias la paja, la cabra retoza. Le descargas la leche, la cabra te lame cariñosamente la cara. Te acercas con un cuchillo, la cabra escapa.
Pepa Bueno fue la única que mantuvo el tipo en el rebaño. Excelente actriz, comenzó interpretando el papel de poli mala: “usted no vio la crisis, no quiso verla o no vio la envergadura que tenía”, dijo para arrancar. “Su credibilidad ha bajado. ¿Cree que su Gobierno está en condiciones de transmitir confianza?”, preguntó después. Como no había repreguntas, el Presidente contestó sin decir nada, con monólogos largos, aburridos y repetitivos. Y así durante 45 interminable minutos.
Kissinger pensaba que los estadistas, los que dirigen la granja, manejan unos códigos distintos a los del ciudadano normal, la cabra. Esta diferencia, no sé si genética o moral, le servía para justificar las mentiras y las miserias de los políticos. Las suyas propias. Mucha gente cree que no es así, y que los políticos, incluso los presidentes, deben decir siempre la verdad, e incluso mostrarse por encima de sus promesas. No lo hacen. Algunos incluso se atreven a decir que cerrarán las centrales nucleares, que harán justicia a los asesinados durante la guerra civil, que protegerán el medio ambiente, que pondrán a la iglesia en su sitio. Mienten. A partir de ese momento, podemos volver a creerles o no. Después de ver a Zapatero en la entrevista promocional de anoche ni le creo ni le dejo de creer: me provoca una indiferencia absoluta, algo que, imagino, es la peor sensación que puede transmitir un político. Como cuando miras fijamente a los ojos de una cabra.
